Lecturas

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En las almas que quieren adentrarse por caminos de más íntima oración y entrega a Dios, la soledad suele ser una fuente inagotable de afectos desordenados. No llenes tus soledades de activismo, de cosas, de compensaciones o de alabanzas, sino de Dios, sólo de Dios, pues las otras cosas, tarde o temprano, se agotan y desvanecen, dejando el alma en una soledad aún más angosta y triste. Cuántos fracasos en la propia vocación se han gestado lentamente al calor de una soledad humanamente inmadura, llena de uno mismo y muy vacía de Dios.

Todos necesitamos amar y sentirnos amados, pues el amor es fuente de equilibrio interior y de madurez afectiva. Pero, el alma no está hecha para amar cualquier cosa; ni siquiera se contenta con el amor que puede recibir de las criaturas, aunque sea grande, puro y noble. Sólo cuando el alma vive centrada en el amor infinito e inagotable de Dios, se hace capaz de amarlo todo, de darse a todos, sin que las briznas de afecto que le dan las criaturas embelesen su mirada y desvíen su camino. No dependas del cariño desordenado a las cosas o personas que Dios va poniendo en tu camino. No caigas en el espejismo de medir tu santidad o los frutos de tu eficacia apostólica por el afecto y cariño que cosechas entre los demás. No cabe el amor de Dios allí donde otros afectos desordenados llenan tantos recovecos del alma. Piensa que el más leve apego, el más insignificante desorden afectivo, puede convertirse en pesada ancla, que amarra fuertemente el alma al puerto de la mediocridad y la inutiliza para avanzar a velas desplegadas por las profundas aguas de la intimidad con Dios. El Señor, que se hizo hombre para conocer nuestras soledades, las llenó para siempre de su dulce compañía y afecto.
Categoría: Mater Dei