Lecturas

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Situarnos en el lugar que nos corresponde no resulta fácil. Hemos adquirido unos derechos y unas libertades que nos gustaría ejercer. Pero olvidamos los deberes y obligaciones que hemos de llevar a cabo con responsabilidad y dedicación.

Cuando le pedimos a Dios que confirme la vocación que hemos comenzado con entusiasmo y entrega, olvidamos que nada tiene que ver con un estado de ánimo o unos afectos que nos predispongan a ellos. De hecho, ante la contrariedad externa (incomprensión, críticas, ataques, persecuciones, etc), o interna (enfermedad, debilidad, pecado personal, etc), podemos caer en la tentación de pensar que Dios nos ha dejado de su mano. Que al no percibir ilusiones espirituales, o estar sometidos a una noche oscura en el alma, no estamos haciendo las cosas conforme a la voluntad de Dios.

No podemos olvidar, y esta es la clave, que el gran enemigo, que convive con nosotros hasta la muerte, es la soberbia. Pensamos, por ejemplo, que en el reconocimiento ajeno está el éxito de nuestra entrega a Dios, cuando en realidad lo que se esconde es toda una retahíla de sutiles egoísmos que nos apartan de Dios para centrarnos en nosotros mismos.

El problema en definitiva es pensar que somos la medida para los demás, e incluso para las cosas. Cuando alguien actúa mal le comparamos con lo bueno que somos, y cuando algo no nos gusta lo encorsetamos dentro de nuestra lógica hasta lograr que sea nuestro pensamiento el que se imponga.

No sabemos estar donde nos corresponde, y al no aceptarnos todo se vuelve cuesta arriba. La vocación del “estar ahí”, no es otra cosa sino, calladamente y con sacrificio, percibir el plan de Dios en los detalles pequeños, esos que no llaman la atención. Es ese saber escuchar al inoportuno, o sonreír ante la adversidad. Sólo, de esta manera, es posible transformar las cosas o llevar las almas hacia Dios. Con la imposición de nuestro criterio sólo ganaremos recelo y desconfianza. Sabiendo “estar ahí” seremos descanso para los demás y consuelo para los que sufren, y veremos la mano amiga de Dios en todo.

La Virgen María lo vivió así, y lo único que esperó a cambio fue la manifestación de la gloria de Dios a través de su esclava humillación, que fue lo que, paradójicamente, le hizo libre, tan libre como la gracia Dios de la que estaba llena.
Categoría: Mater Dei

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