Lecturas

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En el culto de Israel, la vasija de barro en que se cocía el animal de los sacrificios era quebrado y roto después de la ofrenda. María de Betania había visto muchas veces romper aquellas preciosas vasijas que se habían utilizado en los sacrificios del Templo. Aquella tarde de cena, intuyendo con fina sensibilidad el peso y la congoja que el Maestro traía en el corazón, quiso acoger y consolar a su huésped con aquel precioso y exquisito perfume de nardo puro. No quiso entregárselo gota a gota sino que rompió ante todos el valioso frasco de alabastro bellamente tallado y ungió con el perfume la cabeza del Señor. El Maestro quedó sobrecogido y profundamente conmocionado por aquel gesto tan delicado y sencillo con el que aquella mujer estaba anunciando la pasión del Señor. Muy pronto habría de romperse esa otra preciosa vasija de alabastro, que era el cuerpo de Cristo, en la que había de ofrecerse la verdadera víctima y el verdadero sacrificio, para que el perfume del Verbo, el Espíritu Santo, impregnara todo del buen olor de Cristo.

Sólo si el frasco se rompe puede salir el perfume que hay en su interior. Pero, fascinados por la belleza de lo externo y aparente, nos olvidamos, quizá, de que la verdadera riqueza está en el interior. Cuántos de nosotros preferimos entregar a Dios sólo un poco de nuestro tiempo, inteligencia, dinero o actividad, sin dejar que el verdadero frasco de alabastro se rompa, porque es lo que para nosotros tiene más valor. Hay que romper sobre todo nuestro interior, ese rico alabastro del alma que esconde y guarda lo más precioso de ti. Eso es lo que has de entregarle a Dios si quieres ser una pequeña Betania para Él. Pero ¿te has preguntado alguna vez qué tipo de perfume saldrá de tu alma si rompes tu alabastro?
Categoría: Mater Dei