Lecturas

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Cuando san Juan relata el lavatorio de los pies se detiene por dos veces en la toalla que utilizó el Señor. Primero la tomó y se la ciñó; luego, una vez que fue lavando los pies a los discípulos, se los fue secando con esa misma toalla que llevaba ceñida consigo (cf. Jn 13,4-5). No importa tanto si aquella toalla era de fino lino o tosca y áspera, si era grande o pequeña, si estaba limpia o no, si era o no la más adecuada y digna para ser utilizada en ocasión tan única y excepcional. Sí importa que fue esa, y no otra, la que tuvo la suerte de abrazar tan ceñidamente el cuerpo de Cristo, la que el Señor cogió en sus manos y con la que pudo cumplir aquel gesto tan servil que tanto decía de sí mismo a sus apóstoles. Gracias a aquella toalla, que se dejó manejar con tanta docilidad por aquellas benditas manos, el Señor pudo encomendarnos el mandato de lavarnos los pies unos a otros como Él acababa de hacerlo.

Cuando escuchas sin prisas, cuando acompañas el dolor de los que sufren, cuando rezas por aquellos que te piden y necesitan de tu oración, cuando callas y perdonas, cuando llevas sobre ti las cargas de otros, cuando reconfortas y consuelas, cuando hablas de Dios… estás lavando los pies de tantas almas como aquella toalla lo hizo en las manos de Cristo. Agradécele al Señor que quiera servirse así de ti y, sobre todo, pídele que aprendas a abrazarle y ceñirle fuertemente cada vez que le recibas en la Eucaristía, como aquella bendita toalla supo hacerlo.
Categoría: Mater Dei