Lecturas

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El afán es, aquí, esa dedicación y esfuerzo con el que, cada jornada, nos enfrentamos a nuestras ocupaciones. Situaciones diversas en las que, con tesón y dificultad, vamos sobrellevando tantos detalles con los que Dios va proveyendo nuestra vida. Detalles que, a veces, nos agobian e inquietan pero, en los que más allá de su provisionalidad, podemos encontrar siempre la amorosa cercanía de Dios. Porque, nos cuesta mucho abandonarnos sin fisuras en las manos de Dios y, mientras rechazamos los brazos del Padre, vamos mendigando otro tipo de seguridades, «por si acaso».

Si a cada día le basta su afán, ¿por qué añadimos tantas inquietudes imaginarias, o nos dejamos ahogar por el drama de nuestras insatisfacciones? Es verdad que existen problemas, graves y reales, que nos persiguen constantemente; pero, tendríamos que preguntarnos cómo ponemos a Dios en cada uno de ellos. Cuando a la solicitud de cada día le agregamos la desidia de nuestra falta de fe, o nuestra escasa confianza en Dios, no nos asustemos si parece que Dios nos deja a nuestra suerte. Y no se trata de vivir en el quietismo de no hacer nada, sino de poner los medios necesarios y no ser pesimistas ante las cosas que no salen.

El conocimiento que tiene Dios de cada uno, con nuestros nombres y apellidos, va más allá de la tragicomedia de nuestro día a día. Se trata de vivir la apuesta radical a la que Jesús nos invita: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. Así pues, descubre ese querer de Dios en todos los afanes de tus días. Sólo así serás llamado bienaventurado y tendrás un lugar en el Cielo. Piensa que allí, en la Gloria de Dios, tus afanes cotidianos ya serán un eterno presente repleto sólo de felicidad sin fin.
Categoría: Mater Dei