Lecturas

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Cuando contemplamos la vida de los santos, una primera impresión que nos puede sobrevenir es la del desánimo ante figuras que han vivido con ejemplaridad una entrega y una renuncia que se nos hace imposible imitar. Incluso se nos antoja que son personajes raros, o que, quizás, nacieron con una serie de cualidades extraordinarias para poder llevar con heroísmo semejante vida. Nada más lejos de la realidad. Si hay algo extraordinario en esos hombres y mujeres es, precisamente, su apabullante normalidad. Tal vez hemos sido influidos por biografías que, siempre con buena intención, han magnificado extraordinariamente sus vidas ordinarias, pero que, al común de los mortales, nos han apartado de una realidad que todos llevamos inscrita en lo más profundo del alma: Dios quiere que todos seamos santos y con una santidad que se asemeje al corazón de Dios. “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”, decía Nuestro Señor. Y, contemplando la vida del Hijo de Dios en el mundo, descubrimos que esa perfección está alejada de cualquier tipo de voluntarismo que nos haga creer que, con nuestros puños y a base de esfuerzos, los méritos adquiridos son nuestros. Sin embargo, si en algo insistió Jesús fue, precisamente, en la necesidad de adquirir sencillez para alcanzar la verdadera sabiduría ante los ojos de Dios. Sencillez, humildad… disposición para abrazar la voluntad divina en todo y para todo.

¿Dónde está, entonces, el problema? En nuestra falta de aceptación. El reconocimiento de nuestros límites es la primera condición para aspirar a la santidad. Nuestro cansancio, nuestra imaginación, nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestros proyectos, nuestras seguridades humanas, nuestros afectos… Estos son los verdaderos condicionamientos que pueden apartarnos de la verdad. No se trata de que nunca nos cansemos, o de que no hagamos planes, o de que no nos sirvamos de la imaginación, o de que no recibamos cariño… El drama está en que en cada una de esas situaciones no contamos con Dios sino con nuestro voluntarismo y, por lo tanto, nos quedamos solos. Y se trata de la soledad más terrible que nadie podría experimentar, porque se vive en la mentira de que soy yo (sólo yo) quien lleva a cabo la única “proeza” de vivir el “día a día” de mi santidad con coherencia y sentido común.

Mira de nuevo a los santos. Son hombres y mujeres como tú y como yo. Personas con defectos y cualidades, con virtudes y pecados, con proyectos y planes. Pero supieron amar a Dios porque se aceptaron tal y como eran, tal y como Dios los quería. Nuestra Madre la Virgen mira con enorme sufrimiento a ese Hijo queridísimo clavado en la Cruz pero su aceptación llega hasta el punto de abrazar la voluntad del Padre por amor… En eso consiste experimentar en la propia historia personal (la tuya y la mía) la ternura y la infinita misericordia de Dios.
Categoría: Mater Dei