Lecturas

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De todo se le acusó a nuestro Señor: comilón, bebedor, comer con prostitutas y pecadores… Pero nadie le acusó nunca de vivir una vida impura. Jesús debió de ser muy delicado con las cuestiones que tenían que ver con la pureza de corazón. De hecho, cuando la gente le planteaba, por ejemplo, cuestiones que hacían referencia al adulterio apelaba a cómo Dios había dispuesto en el origen de los tiempos la vida del hombre. Incluso cuando le interrogaban acerca de cómo viviremos en el Cielo nos dice que los hombres y mujeres serán como los ángeles que habitan en él.

¿Por qué en nuestras vidas ponemos en un primer lugar aquello que se encuentra en la Ley de Dios, en un sexto o noveno lugar? Muchas veces vivimos con la ambición de obtener el placer a corto plazo. Pero olvidamos que lo que nos garantiza la felicidad es aprender de ese corazón manso y humilde de Cristo.

Vivir la castidad –en el matrimonio, en el sacerdocio, o en la vida consagrada– es la garantía para mirar a los demás como almas, ganadas por Dios para su amor, y no como objetos de consumo que pueden empañar nuestro corazón de tristeza y mentira. Vive la castidad y serás amigo de Dios.
Categoría: Mater Dei