Lecturas

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Cuánta contemplación íntima y escondida durante aquellos largos años de Cristo en Nazaret. Cuántas noches en oración, después de una jornada cargada de predicación, de milagros, de trato con la gente, de convivencia familiar con los apóstoles. Cuántos Getsemanís anticipados, cuántos deseos eucarísticos, cuántas miradas de amor a su Madre, cuánta oración por la futura Iglesia, por cada uno de los hombres, por mí. Así era la oración de su vida ordinaria, sencilla y simple en las formas, pero llena a rebosar del amor del Espíritu Santo y del Padre. Corazón orante y contemplativo de Cristo, capaz de transfigurarlo todo con brillos de eternidad, dando eficacia salvífica a las más pequeñas insignificancias. Cuánta aspereza y sequedad deja en el alma tanto activismo vacío de Dios, cuántos momentos que se escapan, deshaciéndose como la espuma, cuando no he sabido impregnarlos de tu presencia. Cuántas jornadas terminan marchitas y deshojadas, sin haber parado el corazón, siquiera un momento, en la contemplación de ese Corazón adorable.

Necesito la oración tanto como el aire en mi respiración. Y, aunque esa oración se me pase entre distracciones, cansancios, rutinas, desgana e inercia, siempre será eficaz, si convierto todo eso en amor a Dios y en conocimiento de uno mismo. El Espíritu Santo viene en ayuda de mi debilidad y es quien ora en mí. He de aprender a contemplar a Dios en las cosas, si no quiero que el activismo y el trajín de las cosas me separe de Dios. Todo ha de hablarme de Aquel que se me hace tan asequible y cercano, más que yo a mí mismo. He de pedir al Espíritu Santo el don de la oración y contemplación, pues es el camino seguro para entrar en el conocimiento de este dulcísimo Corazón, que ora siempre por mí al Padre.
Categoría: Mater Dei